Eco movilidadMovilidad sostenibleVehículos eléctricos

Acelerando el fin del motor de combustión interna

Un artículo en The Economist, «The death of the internal combustion engine«, anuncia la muerte del motor de combustión interna, pero augura un camino repleto de problemas debido a la tozudez de unas compañías que, en lugar de emprender una transición hacia una tecnología claramente más ventajosa, prefieren permanecer ancladas en lo que consideran la seguridad de su tecnología y su ingeniería tradicional.

La historia está repleta de ejemplos de compañías que, antes de aceptar una disrupción, prefirieron hundirse mientras seguían insistiendo en el uso de su tecnología tradicional, la que originalmente les permitió llegar a su madurez. La industria del automóvil nunca ha dejado de innovar, pero esa innovación ha sido incremental, en torno a supuestos considerados completamente inamovibles, sin poner nunca en cuestión el principio fundamental. El motor de combustión interna es, para una industria de la automoción tradicional dirigida prácticamente de manera íntegra por petrol-heads que adoran el sonido de la aceleración y el olor de la gasolina, un dogma absoluto, algo de lo que no se puede bajo ningún concepto prescindir. Se puede probar, como curiosidad, a producir algún vehículo con motor eléctrico, pero se trata de eso, de una simple curiosidad, de algo que se esconde en los salones y ferias de automoción.

Incluso ahora, cuando se revela claramente que salones como el mítico NAIAS de Detroit han alcanzado el final de su ciclo y están siendo abandonados por cada vez más fabricantes a medida que se va demostrando que la estrategia de la Tesla de Elon Musk era correcta y más fabricantes van comenzando a producir vehículos eléctricos, cuando la industria china comienza a demostrar su cada vez más clara supremacía frente a la norteamericana y la alemana, y cuando el motor de combustión interna evidencia claramente el final de su vida, los planes de la mayoría de las grandes compañías de automoción siguen anticipando una transición en la que las mansas administraciones nacionales siguen permitiendo un ciclo de retirada de varias décadas, y un inicio de las prohibiciones estimado en muchos casos en 2040 ó 2050. Una agenda completamente incompatible con el futuro del planeta y de la civilización humana en su conjunto.

El problema está ahí: una industria automovilística que se niega a abandonar la tecnología que domina, y unas administraciones que toleran que se mantenga en sus trece hasta que prácticamente lo considere conveniente. En la práctica, las grandes compañías automovilísticas siguen poniendo en el mercado nuevos modelos con motor de combustión contando con ciclos de producto que nunca son menores de veinte o treinta años, y contando con toda una cómoda fase final en la que podrán comercializar vehículos con ofertas cada vez más agresivas que seguirán rodando por las carreteras otros diez o quince años más. Y mientras, un planeta que no soporta más emisiones de gases de efecto invernadero, y unas evidencias científicas que afirman que para tener alguna posibilidad de superar el reto medioambiental tendríamos que dejar de emitir ya, ahora mismo y no dentro de veinte o treinta años.

En realidad, anticipar veinte años la prohibición de fabricar, comercializar y circular para vehículos con motor de combustión interna tendría un efecto enormemente beneficioso para la industria. Primero, por una razón obvia: ninguna industria va a ser exitosa en un planeta destrozado, sobrecalentado y en el que la vida humana sea prácticamente insostenible. Segundo, porque la tecnología del motor eléctrico es más sencilla y más barata, porque las patentes necesarias para fabricarla de manera competitiva están en su mayoría abiertas, y porque las limitaciones relacionadas con las baterías y su carga están en proceso de ser resueltas (y se resolverán mucho antes si estas compañías invierten en ello). En la práctica, y aunque suene radical, la mejor manera de ayudar a la industria de la automoción tradicional sería imponiéndole la prohibición integral de utilizar, comercializar o dar servicio a motores de combustión interna a dos o tres años vista. Cuando toda una industria se niega a llevar a cabo una transición absolutamente imprescindible en unos plazos determinados y razonables, la única posibilidad es obligarla.

¿Supone un cambio demasiado brusco? Sin duda. ¿Un efecto que podría miles de empleos y sectores enteros en peligro? Posiblemente. ¿Algo imposible y poco práctico porque los países que se planteen «ser limpios» verán como esa industria los abandona y se refugia en otros «países sucios» que sí acojan a esas compañías a cambio de recibir sus inversiones? Puede ser. Pero aún así y todo, es fundamental entender que la ciencia y el planeta no entiende de plazos basados en razones económicas o de rentabilidad. Acelerar el fin del motor de combustión interna es no solo fundamental, sino imprescindible para asegurar la viabilidad de la vida humana más allá de unas pocas décadas. No, imponer esa prohibición ya no es ni tener tendencias soviéticas, ni ser comunista, ni estar en contra del mercado, ni defender ideologías intervencionistas… es puro y simple sentido común. Es defender la supervivencia. Y aún así, esgrimiendo una razón que no puede tener más peso, muchos siguen empeñándose en que no puede ser y además es imposible.

Sinceramente, no alcanzo a entenderlo.

Fuente: www.enriquedans.com Link: https://www.enriquedans.com/2019/01/acelerando-el-fin-del-motor-de-combustion-interna.html