Desde los albores de la astrofísica moderna, los agujeros negros han sido símbolos de los extremos que alcanza la naturaleza: regiones donde la gravedad curva el espacio-tiempo hasta el punto de hacer desaparecer la luz, y donde las leyes físicas que gobiernan lo cotidiano se transforman en pura matemática relativista. En las últimas décadas, la observación astronómica nos ha llevado desde Sagitario A*, el agujero negro supermasivo en el centro de nuestra Vía Láctea, hasta objetos tan extremos que desafían la imaginación humana.
Entre ellos, dos gigantes destacan por su magnitud y por lo que nos enseñan sobre la evolución del universo: TON 618 y Phoenix A. Estas bestias cósmicas no solo representan los límites actuales de nuestro conocimiento empírico y teórico, sino que también trazan un horizonte prospectivo para la física, la astronomía y nuestra comprensión del cosmos.
Retrospectiva: la audacia de medir lo inconmensurable
Los agujeros negros supermasivos (SMBH, por sus siglas en inglés) comenzaron a ser reconocidos como tales a mediados del siglo XX, cuando la astronomía de alta energía y la espectroscopía permitieron identificar núcleos galácticos extremadamente brillantes —los cuásares— como regiones activas alimentadas por gigantescos pozos gravitacionales.
Uno de los hitos fue el descubrimiento de TON 618. Catalogado inicialmente en 1957 como una fuente de luz extraña, no fue hasta décadas después que se comprendió que se trataba de un cuásar con un agujero negro en su centro cuya masa supera decenas de miles de millones de veces la del Sol. Estudios espectroscópicos han estimado que este objeto posee entre ~40 – 66 mil millones de masas solares —posicionándolo durante años como el agujero negro más masivo conocido en el universo observable.
En los años recientes, otro coloso ha surgido en la escena astronómica: el denominado Phoenix A, asociado al núcleo de la galaxia central del Cúmulo de Phoenix. Por ahora se le reconoce como uno de los candidatos más extremos a título de agujero negro ultramasivo, con estimaciones que lo colocan incluso por encima de TON 618, superando los ~100 mil millones de masas solares según modelos de crecimiento y dinámica galáctica, aunque con una incertidumbre mayor debido a las dificultades de medición directa a tales distancias.
Estos descubrimientos no solo han ampliado la escala de lo observable, sino que también han obligado a replantear teorías sobre la formación y crecimiento de los agujeros negros en los primeros miles de millones de años del universo.
Factores de cambio que están redibujando los límites del cosmos
La comparación entre Phoenix A y TON 618 revela varios factores científicos y tecnológicos que están transformando nuestra comprensión del universo:
Avances en observación multifrecuencia
Los telescopios modernos —en ondas de radio, ópticas, infrarrojo y rayos X— permiten reconstruir la actividad alrededor de núcleos galácticos a escalas antes impensables. La espectroscopía de alta resolución mide la velocidad de gas orbitando alrededor de la región central, lo que, mediante mapeo de reverberación, ofrece estimaciones de masa.
Modelos de crecimiento y límites físicos
Las teorías contemporáneas sugieren que la masa de los agujeros negros no crece de forma ilimitada: procesos como el límite de Eddington —donde la presión de la radiación equilibra la gravedad entrante— regulan el ritmo de acreción de materia. Sin embargo, Phoenix A podría estar mostrando que estos límites no son absolutos, sino dependientes de las condiciones ambientales de su cúmulo galáctico.
Retroalimentación entre agujeros negros y galaxias
Los núcleos activos influyen en la formación estelar de sus galaxias anfitrionas: los chorros relativistas y las emisiones de energía alteran el gas alrededor, potenciando o suprimiendo la formación de nuevas estrellas. El cúmulo de Phoenix exhibe una de las tasas de formación estelar más intensas conocidas, lo que sugiere una interacción compleja entre la actividad del agujero negro central y la evolución del entorno galáctico.
Tecnología observacional y futuros grandes telescopios
Con la próxima generación de telescopios —como el James Webb Space Telescope, los interferómetros en el horizonte de eventos y futuros observatorios de rayos X— se podrá medir con mayor precisión tanto la luminosidad de discos de acreción como la dinámica de estrellas cercanas a estos gigantes. Estas observaciones pueden reducir la incertidumbre sobre la masa de Phoenix A y otros candidatos.
Escenarios posibles para el reinado de los gigantes
Frente a estos avances y hallazgos, podemos proyectar varios escenarios futuros en el ámbito científico y prospectivo:
Confirmación de un nuevo rey cósmico
Con observaciones mejoradas, Phoenix A podría consolidarse como el agujero negro más masivo confirmado, desplazando a TON 618 del trono estadístico. Esto tendría implicaciones para entender la distribución de masa a gran escala en el universo y los procesos que permiten que algunos núcleos galácticos acumulen materia tan eficientemente.
Nuevas categorías de agujeros negros extremos
Si se confirman objetos aún mayores o se encuentran mecanismos eficaces de crecimiento —por ejemplo, fusiones múltiples o semillas primordiales extremadamente masivas— podríamos redefinir las categorías de agujeros negros más allá de los actuales “ultramasivos” o incluso proponer clases como “hipermasas”.
Revisión de teorías de formación galáctica
El refinamiento de los modelos físicos tras observar sistemas tan extremos podría obligar a reformular la teoría estándar de la evolución galáctica. Esto incluye la interacción entre materia oscura, física de discos de acreción, y realimentación energética entre núcleos activos y su entorno.
Aplicaciones tecnológicas inesperadas
Aunque estos fenómenos ocurren a escalas descomunales, la comprensión matemática y física detrás de ellos puede inspirar avances tecnológicos en inteligencia artificial para modelado complejo, en óptica de altas energías o en sistemas de posicionamiento/interferometría para futuras misiones espaciales.
Más allá de los límites del conocimiento
El estudio comparado de Phoenix A y TON 618 no es solo una fascinación por el tamaño extremo: representa el punto de convergencia entre observación empírica, teoría fundamental y prospectiva científica. Cada nuevo dato que estos gigantes liberan —debido a su enorme influencia gravitatoria— no solo curva espacio y tiempo, sino también nuestra comprensión del universo.
Mientras TON 618 sigue siendo uno de los agujeros negros ultramasivos más emblemáticos, Phoenix A se alza como un candidato a redefinir los límites de lo posible en física y astronomía. Esta carrera por medir lo inconmensurable no solo nos acerca a comprender la evolución del cosmos, sino que también destaca cómo la ciencia, la tecnología y la curiosidad humana siguen alimentándose mutuamente, expandiendo fronteras hasta donde la luz ya no puede escapar.
¿Será Phoenix A quien ocupe definitivamente el trono de los colosos cósmicos? El universo, en su infinita vastedad, aún tiene mucho que contarnos.

