Los centros de datos se están trasladando al fondo del mar

La infraestructura que sostiene la nube empieza a buscar refugio bajo el agua.

Durante años, la idea de hundir servidores en el océano sonaba a curiosidad de laboratorio, casi a excentricidad de ingenieros con demasiado presupuesto. En mayo de 2026 dejó de serlo. Frente a la costa de Shanghái, en la zona especial de Lingang, la compañía china Shanghai Hicloud Technology puso en marcha el primer centro de datos submarino comercial del mundo, con cerca de 2.000 servidores sumergidos a unos diez metros de profundidad, refrigerados directamente por el agua de mar y alimentados en más de un 95% por energía eólica marina. No es un prototipo ni una demostración técnica: procesa desde el primer día cargas reales de inteligencia artificial, comercio electrónico y logística digital. A pocos meses de ese lanzamiento, otra empresa china, Beijing Highlander Digital Technology, opera cerca de la isla de Hainan una instalación de 1.433 toneladas sumergida a 35 metros, capaz —según la compañía— de procesar más de cuatro millones de imágenes de alta definición en treinta segundos. El fondo del mar, que durante mucho tiempo fue solo el lugar por donde pasan los cables submarinos que conectan internet, empieza a convertirse en el lugar donde vive la nube.

Retrospectiva: una idea que Microsoft probó y abandonó

La historia de los centros de datos submarinos no nace en China. Nace en 2013, cuando Microsoft inició el Project Natick, un experimento diseñado para responder una pregunta simple: ¿podría el fondo del océano ofrecer un entorno más estable, más fresco y más eficiente que un centro de datos terrestre para alojar servidores? En 2015, la compañía sumergió su primera cápsula frente a la costa del Pacífico de Estados Unidos, y entre 2018 y 2020 llevó a cabo la fase más ambiciosa del proyecto: una unidad con 864 servidores sumergida durante dos años frente a las Islas Orcadas, en Escocia. Los resultados sorprendieron incluso a los propios ingenieros de Microsoft: solo fallaron 8 de los 864 servidores, una tasa de fallos varias veces menor que la de un centro de datos convencional en el mismo periodo. La explicación tenía que ver con el entorno mismo: sin oxígeno ni presencia humana que generara vibraciones o corrosión, el hardware envejecía mejor. Aun así, en 2024 Microsoft cerró oficialmente el proyecto y anunció que no tenía planes inmediatos de comercializar la tecnología, aunque conservaría el aprendizaje sobre refrigeración y diseño resistente para sus centros de datos terrestres. Fue, en ese sentido, una investigación exitosa que no llegó al mercado. Lo que ha cambiado entre esa retrospectiva y el presente es que otro actor —China— decidió recoger exactamente esa pieza inconclusa y llevarla a producción comercial, primero con las pruebas de Highlander en Hainan iniciadas en 2021 y ahora, en 2026, con el proyecto de Hicloud en Shanghái conectado directamente a energía eólica marina.

Los factores que están empujando la infraestructura hacia el mar

Detrás de este giro conviven al menos cuatro fuerzas que explican por qué el concepto, dormido durante años en Occidente, revive ahora con fuerza comercial.

La refrigeración como cuello de botella. El entrenamiento y la inferencia de modelos de inteligencia artificial disparan el consumo energético y el calor generado por los centros de datos terrestres, hasta el punto de que la refrigeración puede representar una porción muy significativa del gasto energético total de una instalación. El agua de mar, con una temperatura estable y una capacidad de disipación térmica natural, elimina buena parte de esa necesidad: los diseños submarinos reportan un PUE (indicador de eficiencia energética) de diseño inferior a 1,15, una cifra difícil de igualar en tierra.

La escasez de suelo y la oposición social. Los grandes centros de datos terrestres requieren extensiones enormes de terreno, acceso a agua dulce para refrigeración y, cada vez con más frecuencia, generan resistencia local por su consumo eléctrico y su huella hídrica. Instalar la infraestructura en el lecho marino, cerca de ciudades costeras densamente pobladas, acorta además la distancia física entre los servidores y los usuarios finales, reduciendo la latencia.

La disponibilidad de energía renovable marina. El proyecto de Lingang no es solo un centro de datos submarino: es un centro de datos submarino conectado directamente a un parque eólico marino, sin pasar por la red eléctrica convencional. Esa integración vertical —generación y cómputo en el mismo entorno— apunta a un modelo distinto de infraestructura digital, pensado desde el diseño para minimizar pérdidas de transmisión y depender de fuentes limpias.

La menor tasa de fallos del hardware sellado. El propio precedente de Microsoft demostró que un entorno hermético, sin oxígeno ni intervención humana constante, alarga la vida útil de los servidores. Ese hallazgo técnico, validado durante años de investigación, es hoy uno de los argumentos comerciales que usan las empresas chinas para justificar la inversión en cápsulas submarinas frente a la construcción de naves industriales convencionales.

Ninguno de estos factores opera de forma aislada: la convergencia entre la demanda de cómputo para IA, la urgencia climática, el costo de la refrigeración tradicional y la evidencia técnica acumulada durante más de una década es lo que ha convertido una curiosidad de ingeniería en, según reconocen los propios analistas del sector, una apuesta industrial con ambiciones de escala.

Escenarios posibles para la próxima década

A partir de esta convergencia de factores es posible trazar tres escenarios prospectivos razonables para la expansión o no de los centros de datos submarinos.

Escenario 1  Normalización costera. Los centros de datos submarinos se consolidan como una opción más dentro del catálogo de infraestructura digital, especialmente en países con litorales extensos, alta densidad urbana costera y acceso a energía eólica marina. China lidera la primera fase de esta expansión y otros mercados asiáticos y europeos con fuerte presión sobre el suelo y el agua dulce —Singapur, Países Bajos, países nórdicos— exploran proyectos similares durante la próxima década. En este escenario, el submarino no reemplaza al centro de datos terrestre, pero se convierte en una categoría reconocida de infraestructura crítica.

Escenario 2 — Estancamiento por escala y mantenimiento. Las instalaciones actuales, con capacidades de apenas unos pocos megavatios frente a los 50-500 MW de un centro de datos convencional grande, no logran resolver los problemas de fondo: el mantenimiento submarino sigue siendo costoso y poco transparente, no existen protocolos públicos de reparación a largo plazo, y escalar la capacidad hasta niveles industriales resulta más caro de lo previsto. En este escenario, los proyectos actuales quedan como demostraciones tecnológicas relevantes —tal como ocurrió con Project Natick— sin llegar a transformar la arquitectura dominante de la nube.

Escenario 3  Competencia geoestratégica por el fondo marino. La infraestructura digital crítica se traslada, al menos parcialmente, a aguas territoriales y zonas económicas exclusivas, añadiendo una nueva dimensión a la disputa geopolítica por el control de los océanos ya tensionada por los cables submarinos de fibra óptica que sostienen el tráfico global de internet. En este escenario, los centros de datos bajo el mar se convierten en objeto de regulación internacional, de preocupación ambiental por su impacto en ecosistemas marinos y de rivalidad estratégica entre potencias que compiten por dominar tanto la generación de energía renovable marina como el cómputo que esa energía alimenta.

Como en toda transición tecnológica temprana, lo más probable no es que un solo escenario se imponga por completo, sino que los tres convivan en distintas regiones y a distintos ritmos. Lo que sí parece haber quedado establecido en 2026 es que la pregunta ya no es si es técnicamente posible construir un centro de datos bajo el mar eso lo demostró Microsoft hace una década, sino quién está dispuesto a llevarlo a escala comercial primero. Por ahora, esa respuesta la está dando China.